En la soleada ciudad de Tumbes, ubicada en el norte de Perú, una tierra conocida por su calor y sus costumbres vibrantes, había un pequeño barrio llamado Santa Catalina. Aunque la ciudad no contaba con amplias plazas ni grandes avenidas, el corazón del barrio latía con una energía especial y un profundo sentido de comunidad.
Era el 17 de agosto de 1977 cuando Santa Rosa llegó a Santa Catalina. Esta llegada no fue simplemente un evento; fue el inicio de una tradición que marcaría la vida del barrio. La imagen, que hasta entonces había sido conocida en el Pasayo, era transportada con gran devoción por tres hombres muy respetados en la comunidad: el Sr. Don Reineiro Dioses, Don Ernesto Zapata y Don Andrés Cruz Dioses.
El camino hacia Santa Catalina no era fácil. A pesar de las limitaciones, la llegada de la Santa Patrona fue de gran magnitud. Las casas modestamente decoradas se llenaron de luces y colores, y los vecinos se congregaron en las aceras, en los patios y en cada rincón disponible para recibir a la imagen sagrada.
Santa Rosa fue muy bien recibida por la familia Dioses Cruz, quien la tuvo mientras se construía su altar. Aunque las calles no eran anchas, estaban llenas de fervor y alegría. Los vecinos, en su mayoría de familias humildes pero de gran corazón, se reunieron para celebrar con cantos, oraciones y una fiesta que, aunque modesta en términos de espacio, era grandiosa en espíritu.
Desde ese año, el 30 de agosto se convirtió en una fecha sagrada para Santa Catalina. La fiesta en honor a la Virgen de Santa Rosa se celebraba con gran fervor y alegría. Cada año, el barrio se llena de actividades. La comunidad se organizaba para montar pequeñas ferias, preparar comidas tradicionales y organizar eventos que fortalecieran los lazos entre los vecinos.
La tradición se fue afianzando con los años. La festividad, lejos de necesitar grandes espacios para ser especial, se destacaba por la unión y el espíritu festivo de los vecinos. La alegría y el fervor se desbordaban por las calles de Santa Catalina, y el calor del clima se reflejaba en el calor humano que caracterizaba la festividad.
Así, Santa Rosa no solo llegó a Santa Catalina en 1977, sino que se convirtió en el símbolo de una tradición profundamente arraigada en la vida del barrio. Cada 30 de agosto, sin importar las limitaciones de espacio, el espíritu de la festividad seguía vivo y vibrante, un testimonio del poder de la fe y la comunidad en la ciudad de Tumbes.


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